Nemba News – Artículo del Dr. Pérez Arroyo

Nemba News – Artículo del Dr. Pérez Arroyo

NEMBA NEWS

Gacetilla local de publicación periódica pero arbitraria

 

 

Napardi un ejemplo de eficacia.

Queridos amigos:

Hoy tras un tiempo de silencio, y tras una época convulsa de mi vida, mezcla de tiempos buenos y malos, pero de agitada actividad, (1), vuelvo a lanzar nuestro pequeño periódico.

Ha sido el premio a Napardi y la reunión con José Miguel y Miki, lo que me anima a ello, pero también el hecho de que estoy en España, libre del trabajo de Rwanda que inmoviliza día a día mis otras actividades.

Cuando defendí el premio de Napardi ante la comisión de la universidad, defendí el porqué de las pequeñas organizaciones de desarrollo.

El consejo social, había premiado merecidamente a Medicus Mundi y a Médicos sin Fronteras en anteriores celebraciones, y se extrañaron que ahora propusiera a una pequeña organización, desconocida por todos los miembros de la comisión.

Expuse mis razones y había decidido enviaros a todos las razones que expuse en su defensa, pero hoy sentando en mi casa, esa que vuela sobre el mar, no he podido resistirme a compartir con todos vosotros esas ideas que maduran en la soledad y que quieres exponer a aquellos que piensas que tal vez querrán comprenderte.

Es posible que puedan pareceros exageradas algunas de mis opiniones, pero me beneficio de un estatus especial, mitad organización humanitaria, mitad ciudadano que actúa por libre, mitad español y ya mitad ruandés.

El porqué de las pequeñas organizaciones humanitarias

Fue en años precedentes cuando las grandes organizaciones humanitarias y de desarrollo, cosecharon grandes éxitos entre la población. Tal vez es entre los años ochenta y noventa cuando alcanzan su punto mas álgido. Pero este nivel de aceptación comenzó a disminuir de forma gradual y la duda, con respecto a su eficacia, surgió entre los ciudadanos que veían los escasos avances que se producían para paliar la inmensa brecha que separaba al mundo desarrollado de los países en desarrollo.

Cada vez con mas frecuencia surgían voces que, sin criticar a las organizaciones humanitarias, dudaban de su utilidad como instrumento de desarrollo.

A esto se sumaron día a día mas opiniones, en general de personas mal informadas, que no solo dudaban de su utilidad, sino que añadían criticas malintencionadas sobre su ética y oportunismo.

Hay múltiples razones y distintos caminos que han llevado a la sociedad a este injusto comportamiento, pero hoy en día ya no es infrecuente escuchar criticas a las grandes organizaciones, algunas fundadas técnicamente y otras como simple reflejo de la opinión de gentes con pocos conocimientos de la realidad.

Los mas científicos dudan de su utilidad real como instrumento de desarrollo. Y alegan que solo el desarrollo económico del país alcanzado por sus propias estructuras autóctonas podrá acabar con el problema. “Mas capitalismo y menos cooperación” era el titulo de un articulo que recuerdo entre otros muchos.

En otros casos la imagen que de estas organizaciones ha desarrollado la sociedad, se ha ido pervirtiendo con el tiempo.

La progresiva profesionalización del cooperante, algo que era absolutamente imprescindible, produjo en algunos sectores sociales una imagen de elitismo y alejó a los agentes de la cooperación de la ciudadanía. No era extraño en mis regresos a España, escuchar cada vez con mas frecuencia, conversaciones u opiniones sobre la cooperación y los cooperantes, no demasiado halagadoras y en ocasiones extremadamente duras.

Las organizaciones de desarrollo y humanitarias eran para algunos, asociaciones cerradas, formadas por algunos afortunados, que se mueven por el mundo financiados con dinero publico o con el dinero de ingenuos donantes, ejerciendo un especial turismo solidario, inútil para los países en desarrollo y solo útil para el cooperante o la organización.

Lo que era evidente, y yo intuía, es que los denominados agentes de la cooperación se estaban divorciando lentamente de la sociedad, o mejor la sociedad se estaba divorciando lentamente de estos agentes, sin que esto fuera claramente percibido por estos profesionales.

Todo este fenómeno se agudizó cuando la crisis económica castigó a una parte importante de la ciudadanía.

La frase tópica de “el dinero no llega” se sustituyó por la de “también se necesita aquí”.

El halo romántico de la figura del cooperante, se fue diluyendo para pasar a ser en muchos casos una figura incluso criticada.

Tenemos que recordar que las organizaciones no gubernamentales surgieron como movimientos espontáneos, independientes de los estados y con el animo de realizar labores humanitarias, siempre con una total libertad económica y política.

Si bien esta independencia económica y política se ha mantenido en algunas organizaciones, la mayor parte de ellas, o casi la totalidad, han sido absorbidas económicamente por los Estados.

Esta absorción económica ocultaba una finalidad por parte de algunos gobiernos, la de capitalizar sus actividades y en definitiva su imagen, contribuyendo a dar a los gobiernos, la imagen de solidaridad que requerían delante de sus electores y así obtener los votos de un determinado sector social.

Podríamos decir que la absorción de las organizaciones humanitarias por parte del Estado, se hizo más pensando en sus propios ciudadanos y votantes, que en las poblaciones desfavorecidas.

Pero lo que es mas grave es el hecho de que una parte importante de la sociedad no acepta, en especial en periodos de crisis, que estas organizaciones utilicen el dinero publico para sus proyectos.

El aumento de las aportaciones recibidas y el coste de muchos de los proyectos realizados con financiación publica, algunos de gigantesca envergadura, obligó lentamente a la profesionalización de sus trabajadores, lo que representó un nuevo paso en la evolución de estas organizaciones.

La profesionalización se hizo en todos los sectores, surgiendo especialistas capaces de identificar proyectos, gestionarlos o justificarlos económicamente.

La profesionalización fue recibida con gran entusiasmo y defendida, como es lógico, por aquellos que conocían la imposibilidad de trabajar solo con plantillas de voluntarios como única fuente de gestión.

Alrededor de la cooperación profesionalizada surgió un nuevo tipo de profesional y ante esta demanda de nuevos profesionales surgieron los cursos especializados en cooperación, ayuda humanitaria, desarrollo etc.,

Detrás de esta nueva estructura, mucho mas efectiva y útil, se escondían las bases de un futuro conflicto. El divorcio de las macro-estructuras creadas y la sociedad.

Se fue creando todo un mundo con vida propia, que una parte de la sociedad considera como artificial e innecesario o peor, elitista y privilegiado.

La imagen que empezó a dibujarse delante de algunos ciudadanos, ya no era la imagen amable de un grupo de voluntarios que lo daban todo, incluso su vida, por ayudar a las poblaciones necesitadas. Como veían en la imagen del antiguo misionero. Para muchos ciudadanos, los cooperantes, habían pasado a ser profesionales y miembros de una colectividad, en ocasiones muy bien remunerada, que viajaban por el mundo viviendo apasionantes y aventureras vidas.

Algunos tipos de anécdotas, magnificadas por la prensa, han contribuido y contribuyen a acrecentar la distorsión de la imagen de la cooperación. Historias de cooperantes que son secuestrados cuando viajan alegremente en caravanas solidarias por el desierto, repartiendo baratijas, y por los que hay que pagar para su liberación cuantiosas sumas aportadas por el erario publico, contribuyen a la desmitificación de la ayuda.

En tiempos de bonanza, cuando estas contradicciones se hacían publicas, los ciudadanos fruncían el ceño, pero sin poner demasiada atención al problema, pero en tiempos de penuria, este tipo de anécdotas, desatan injustamente las criticas mas violentas.

Cuando las estructuras publicas reducen las ayudas a la cooperación, las personas informadas y sensibilizadas lo lamentan, pero muchos, no también informados lo celebran. Una vez mas escuchamos el, “ese dinero ahora se necesita aquí”, ignorando la inmensa diferencia que separa la definición de pobreza entre unos y otros países, e ignorando ciegamente los beneficios que la cooperación aporta a ambos países, donante y receptor.

Son muchas las causas que nos han llevado a la situación actual, una de las mas importantes ha sido la incapacidad para formar a los ciudadanos sobre el valor de la cooperación con los países en desarrollo y en concienciar sobre elbeneficio que para los países donantes representa esta ayuda.Tal vez esta falta de formación del ciudadano en temas de cooperación, es una de las características mas llamativas de algunos países. España es uno de ellos, en donde todavía se confunde cooperación con caridad, misiones evangelizadoras, etc.

Tal vez la formación de la ciudadanía se tendría que haberse hecho de forma desinteresada y las mas de las veces en consorcio entre organizaciones y los poderes públicos, olvidando todo tipo de protagonismos. Pero, muy al contrario, en algunas ocasiones algunas de las llamadas campañas de sensibilización se transforman en campañas publicitarias de una organización en concreto, que se exhibe con un lenguaje autista y en las que nos hablan de todas las maravillas que son capaces de realizar independientemente de las demás organizaciones. Rara vez nos hablan de sus fracasos que son muchos. Muchas de las denominadas publicaciones informativas son de difícil lectura, con una repetitiva aparición, de las siglas de la organización y la presencia de un cupón para hacerse socio al final de la misma.

Hay una clara falta de solidaridad entre las diferentes organizaciones.

La población ya no se conmueve y además no soporta ver las imágenes de las desgracias exhibidas con animo de recaudar fondos. El ciudadano ha pasado de dar a no dar y ha pasado de no dar a enfurecerse ante la imagen de un niño vestido con andrajos, al lado de un numero de cuenta corriente.

“Los problemas humanitarios no tienen soluciones humanitarias”, nos decía Sadako Ogata.

Hemos aprendido que la cooperación nunca va solucionar los problemas del tercer mundo, pero representa uno de los valores éticos mas importantes de nuestra sociedad y el mantenimiento de estructuras solidarias garantiza el espíritu de tolerancia y sienta las bases de una futura convivencia entre las distintas culturas.

 

En los momentos que vivimos hay que dar un nuevo giro a la forma de actuar de las organizaciones humanitarias. Estas tienen que aprender a proyectar y a hacer participes a los ciudadanos de sus acciones. Tenemos que aproximarnos al ciudadano, implicarlo directamente y darle la oportunidad de ser protagonista de la acción solidaria. En cierto sentido tenemos que retornar a los orígenes de la cooperación.

Pero, ¿Cómo retornar a ese principio si renunciar a la efectividad?

Si decimos que hay que retornar a los orígenes nos referimos a hacer de la cooperación una actividad unida a la ciudadanía en la cual el donante se sienta protagonista y sienta el beneficio de su ayuda. No hay nada criticable en ello y yo lo defiendo apasionadamente.

No se trata de ensalzar el ego de los donantes, se trata de hacerles sentir, aunque sea calladamente, el resultado de su esfuerzo.

Vivimos en unas sociedades tan inconmensurables que perdemos el sentido de la realidad. Somos seres anónimos. En la practica casi ignoramos la finalidad de los impuestos y nos duele aportarlos. Nada sabemos de las obras sociales del estado o dudamos de ellas. No podemos controlar su correcta utilización y al final nos inhibimos y dejamos de sentir el resultado de nuestro esfuerzo. No nos sentimos útiles para nada.

Nos duele ver la pobreza y nos conmueve el sufrimiento, pero somos impotentes para remediarlo. Dudamos de todo. De las ayudas oficiales e incluso de las ONGs si llega el caso.

Es entonces cuando el esfuerzo de unos pocos hace renacer la ilusión. Un grupo de gentes bien intencionadas fundan una asociación para ayudar a esas personas que sufren. Sienten la necesidad y se movilizan creando una estructura cien por cien artesanal, que produce beneficios y aporta felicidad a unos pocos.

Sus socios se sienten protagonistas y colaboran en lo posible en el proyecto. Quieren saber y saben donde va su esfuerzo. Quieren sentir el abrazo de aquellas personas, en muchas ocasiones con nombre propio, agradecidas.

Es esta ocasión es cuando algunos de los profesionales de la cooperación fruncen el ceño, “la ayuda tiene que ser anónima y desinteresada” dicen, pero yo no comparto esta reacción. Defiendo al ciudadano que ayuda y que quiere saber en que ayuda. Tal vez necesita esa sensación intima y desconocida para los demás que le llena de alegría de vivir y le llena de paz, de una paz que necesita para consigo mismo.

Napardi representa ese esfuerzo. Eso es al menos lo que he sentido cada vez que la vida me ha permitido visitar Pamplona y conocer a sus socios. Aunque fue en Rwanda cuando sentí mas próxima la labor de M. Ángel y de sus “conversos”.

Napardi es la unión entre las grandes estructuras de la cooperación y la ciudadanía. Escuchan, visitan los proyectos, se dejan aconsejar por los profesionales y después sensibilizan a los ciudadanos y realizan sus proyectos unidos a los planes generales de otras estructuras mas profesionales y tal vez mas anónimas, pero en definitiva traducen a sus donantes los beneficios de su ayuda.

Son la unión entre la ciudadanía y las grandes estructuras de la cooperación.

Si tuviéramos algunos cientos de Napardis en nuestra sociedad, la cooperación sería una actividad de todos y la solidaridad sería una actividad cotidiana, nada especial, casi rutinaria, pero siempre emocionante.

El premio de la UMH es merecidísimo y me siento muy orgulloso de haber defendido su candidatura.

Un fuerte abrazo a todos. Fuisteis importantes en mi vida y siempre estaréis en mis recuerdos.

Desde Alicante

Mariano

 

  • Cuando hablo de periodo convulso hablo de mordeduras de perros, de enfermedades autoinmunes, de cambio de actividad profesional, de viajes e incluso de cambio de estado civil, porque a mis setenta me he casado con mi compañera ruandesa que algún día conoceréis.

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